PARA EL LIBRO DE LA PEÑA DEL 27- INÉDITO POR LARGO DE COJONES

17.06.2019 10:55

¡Vamos coño...! ¿Subes o te vas a casa?

En estas andan Churruquina y algunos primos, intentando subir al balcón del viejo mesón que hay frente a la casa de los Churruca, donde no vive nadie, un sitio perfecto para pasar la tarde a la espera de que al toro le dé por venir a la calle Del Cuerno en su recorrido por el recinto amurallado.

Resulta que, la casa de los Churruca, no tiene más que un balcón y dos ventanas que dan a la calle, y de la familia se juntan más que los de Egipto a la hora de los toros, así que, los infantes con facultades para escalar, al balcón de enfrente y se despeja algo el panorama.

Pero resulta que, Jaime Serradilla, dueño del caserón, con bastante mala leche, ha colocado un tablero en el balcón chico, que corta el acceso desde la reja y hay que colgarse directamente al grande, algo que alguno de culo gordo y brazo fino no consigue y entre algún sollozo se resigna y vuelve a casa a meter la cabeza por donde pueda para ver algo de la calle

(Escenario principal de los hechos. El posadero a la derecha, el balcón chico y la reja de subida a la izquierda, que en aquellas fechas eran rasantes con la pared y el tablero era un problema para subir. Foto hecha desde la calle Alonso VIII).

Conseguido el objetivo por la mayoría, a esperar, que todavía falta para salir le toro a la plaza y tres cuartos de hora más para soltarlo por las calles.

                    

(Churruquina esperando la salida a la plaza metiendo la cabeza por donde puede entre los adultos. El rubito sentado sobre la puerta. Una de las pocas veces que Churruca padre le permitía estar solo en la plaza).

El sol calienta lo suyo, y a esta hora justo en la jeta, de lleno en el balcón ocupado. Lo bueno que tiene es que ofrece vista a tres calles con mucho ambiente y el toro puede aparecer por cualquier sitio.

Bajo el posadero desfila un variopinto catálogo de personajes ataviados tradicionalmente con el atuendo sanjuanero o a su aire los forasteros, pero el ambiente se palpa en cada rincón del recinto, a la espera de emociones fuertes, sustos y adrenalina desbocada.

Sube calle arriba Fulanito, que lleva tiempo rondando a Fulanita, y viene a buscarla para llevarla a la plaza con el permiso de la tía Fulana, que otea el ambiente desde su balcón, a donde llega el susodicho y la saluda, preguntando si está lista Fulanita. La madre se vuelve y consulta a viva voz con su hija, respondiendo a Fulanito que se vaya a tomar algo, que se está despilando, a lo que la hija rectifica con el mismo volumen: ¡Depilando mama, se dice depilando...!

La tía Fulana sentencia: ¡Pues eso coño, que se está pelando las patas, y tiene para un rato! Y la hija desde dentro: ¡Ay mama, mira que eres burra, no se puede ser más basta!

La tía Fulana murmura: Mira qué coño de finuras ni dichos raros...

El descojono generalizado por parte de los que han captado el mensaje provoca en Fulanito un considerable sonrojo y la incertidumbre sobre las intimidades de su amada bajo la falda, y con las mismas y resignado se vuelve por donde ha venido hasta que la parienta acabe la faena.

Ha pasado el tiempo y tras la tercera campanada el toro está en la plaza y parece ser que la está liando a tenor de los gritos que a menudo se escuchan desde todo el recinto, señal de que más de uno ha tenido algún percance desagradable.

Suena la primera campanada para soltarlo por las calles y comienzan a llegar los primeros informes sobre el desarrollo de la lidia: A Fulano lo ha dejao en pelotas de cintura abajo, y a un forastero no lo ha matao de milagro. Vaya paliza que le ha pegao. Vaya pies que tiene, menudo bicho...

Se intuye que en las calles va a dar que hablar por lo escuchado hasta ahora.

Entre campanada y campanada se repiten los gritos de angustia del personal en la plaza, hasta que suena la tercera y el griterío se desplaza según la ruta que sigue el toro en su búsqueda de una salida a la libertad, atropellando con todo el que se encuentra en su camino o no se refugia o escala a alguna reja.

Dicen que está por la Catedral y la calle es un hervidero, unos corriendo en su busca, otros buscando un sitio para refugiarse si le da por venir, otros, hartos de ponche, vino o cerveza, pasan de todo y deambulan a la aventura esperando no encontrarse con el bicho, porque las facultades son escasas y subirse a una reja es todo en reto difícil de superar, y las consecuencias son de imaginar.

Entre el gentío suben calle arriba desde San Pedro dos personajes repartiendo prospectos, uno alto y espigado, y el otro más bajo, más joven, con melenas y más cabezón, que llegan bajo el posadero y no saben hacia dónde seguir, porque unos dicen que viene por aquí, otros por allá, la calle Del Almendro tiene mala pinta y poco donde refugiarse. Indecisos esperan bajo el posadero a que se aclare la situación.

(La calle del Almendro dirección a la puerta Del Carmen con la puerta de la tía Dolores al final)

El jolgorio suena por San Pedro y el personal corre en todas direcciones. La pareja no sabe qué hacer y el alto arrea hacia San Benito por Alonso VIII y el bajo se queda bajo el posadero cagándose en todo lo vivo ante tal situación de incertidumbre y por no haber repartido los putos prospectos a otra hora. 

(La calle Alonso VIII dirección a San Benito y la puerta de la tía Antonia en primer término a la derecha)

Ahora la faena suena en San Benito y es fácil que aparezca en dirección al posadero, algo esperado por los infantes con cierto nerviosismo.

Como alma que lleva el Diablo viene el tío Vicente Pandereto a refugiarse en casa de la tía Dolores, su suegra, en la calle Del Almendro, seguido de otros con prisas parecidas. Gira a la derecha y enfila directo al refugio pero, en dirección contraria, aparecen algunos que vienen de la puerta Del Carmen, donde parece ser que ha llegado el toro. El tío Vicente aporrea la puerta de su suegra para que abra urgentemente, porque ya ve a los últimos que preceden al morlaco que sube calle arriba a toda pastilla y la tía Dolores estaba en el corral, ignorante del panorama y las prisas de su yerno y su inesperada visita. Abre el postigo y el tío Vicente se lanza por encima de la puerta sin miramientos ni saludos y el sombrero aparece al lado del palanganero. Acto seguido pasa un personaje que ya conocemos, con un manojo de prospectos y la cara desencajada y detrás, a escasos metros y ganándole terreno, el de negro.

(La calle Del Almendro desde la puerta Del Carmen. Arriba, a la derecha, la puerta de la tía Dolores, y un poco más adelante el posadero y el escenario al completo).

En el cruce bajo el posadero espera su compañero que, viendo las prisas de los que aparecen por la puerta de la tía Dolores, suelta los prospectos al lado de la reja y con un sentido: Señor Señor..., escala la misma, pero el cabrón del tablero no le permite subir más y la altura no es la deseable, así que, mete como puede las manos entre el tablero y el piso del balcón esperando que pase pronto el calvario y el toro. Pero, llegando a su altura está su compañero de fatigas que siente los bufidos en el culo y, con la esperanza de despistar, suelta los prospectos en la cara del bicho, pega un salto y se agarra a las piernas del penitente de la reja con la esperanza de que el otro pase de largo, pero no, decide hacer un alto y la faena se intuye movida y dolorosa.

(El escenario al completo: la puerta de los Churruca y la reja de la tía Antonia en primer término a la derecha, el posadero, la reja y el balcón chico justo encima y al lado del toro, y la hora, según el sol por la calle Alonso VIII, pareja, y la dirección del toro, la misma, así que se puede imaginar la escena).

(Vista contraria de la calle Del Cuerno en dirección a San Pedro. La reja en el culo del toro, y encima y muy florido, el posadero. El caserón ha sido rehabilitado y está habitado. Oteando la calle Alonso VIII dirección San Benito. Las rejas de la tía Antonia y de los Churruca ocupadas a partir de la esquina, a la izquierda).

La altura a la que ha quedado el corredor forzoso agarrado a las piernas del otro, es de invitación al disfrute sin medida por parte del toro, así que se recrea sin contemplaciones ni prisas, pero a fondo.

Sube y baja una y otra vez al compás de los viajes que le pega el otro, y cuando puede mira a los infantes del balcón como suplicando una ayuda que se intuye complicada.

El compañero, desde su compleja situación y a punto de caer sobre los cuernos del bicho, le suelta un rosario de improperios acorde con su estado de ánimo: ¡Suéltame cabrón que me caigooo...! ¡Me voy a cagar en tu padre y en tos tus muertooos...! Y se va a soltar por los cojones...

Aparece tras su reja la tía Antonia con el puchero de la tinaja en la mano y, viendo la lamentable situación, lo destroza contra los barrotes al son de: ¡Bicho..., mira...mira..! y acto seguido lo lanza, con tal puntería que acierta en los morros del toro, que se molesta y deja lo que tenía entre manos o cuernos, y arrea calle Del Cuerno abajo derrotando contra el puchero, que acaba hecho una pelota de lata y se pierde en dirección a San Pedro.

 

(La calle Del Cuerno desde la plaza de San pedro, como esperando que acabe la faena bajo el posadero)

Pasado el calvario, el sufridor directo se suelta de las piernas de su compañero y se desliza a los pies de la reja con los pantalones hechos girones, que más parecen una falda de hawaiana, blanco inmaculado el rostro y la dignidad a ras de suelo, resoplando y temblando ante la inesperada aventura vivida.

El otro, desde arriba, intenta sacar las manos entalladas entre el tablero y el piso del balcón, desolladas y sin uñas en su afán de sujetarse y evitar males mayores si no lo consigue.

Creo que fue el origen de su popular frase: No puedo... No puedo..., pero al final lo consigue y baja de la reja, amaga con sacudir un pescozón a su colega, pero desiste ante el lamentable estado de sus dedos, que más parecen muñones, pero su estado de ánimo no evita anunciarle que está despedido, por poner en peligro la vida del artista, algo que avala el correspondiente sindicato y sus estatutos. Y, tras soltarle otra de sus famosas frases: ¡Me voy a cagar en tus muelas...! arrea por donde ha venido su compañero hasta la puerta del Carmen para salir del recinto y escapar de una pesadilla que le perseguirá el resto de su vida.

Aparece angustiada entre todos los curiosos arremolinados en torno al accidentado la tía Antonia a interesarse por la salud del desgraciado: ¡Ay señor...! ¿cómo está usted...? Vamos a casa, a ver si tiene algo serio...

Sujeto por dos voluntarios lo introducen en la casa, a la habitación de la reja del puchero y, tras despojarlo de lo que eran unos pantalones, la tía Antonia, tras comprobar que, aparte de rasguños y algún amago de puntazo no hay nada grave, a base de algodón y Yodo le hace una cura de emergencia, y ella, que es para el cuento, mientras a base de hilo y aguja intenta remediar el descalabro de los pantalones, comienzan las risas y cachondeo de alto nivel que relaja la tensión latente mientras el tío Félix controla la escena algo mosca por la presencia de un extraño en paños menores en su dormitorio, y su esposa descojonándose de risa tras el mal trago pasado.

Con un apaño aceptable de la vestimenta y tras una buena taza de Tila, sale el accidentado de la casa agradeciendo los servicios prestados y, entre parabienes de uno y otro lado, tras pedir las señas para seguir en contacto tras la amistad de circunstancias establecida, se despide del matrimonio y tras preguntar por la zona donde anda su contrincante, se apresura a salir de un recinto que nunca imaginó marcaría una parte de su vida, siguiendo los pasos de su compañero.

Parece ser que se encontraron en el Cubo Del Carmen, donde el artista se reponía del estrés postraumático sufrido y, tras una retahíla de reproches e improperios derivada del episodio, se montaron en el Milquinientos y se perdieron dirección a Madrid bajo juramento de no volver a pisar por estos lares de tan nefastos recuerdos.

Tras la muerte del toro, los infantes bajan del posadero y, de la desparramera de prospectos esparcidos por el escenario, recogen alguno para echarle un vistazo y se desvela la identidad de los personajes y su fin: Día tal, después de la cena, en el cine Montero, gran actuación del único, inimitable y afamado Chiquito de la Calzada, y su mánager Atilano, que también ayuda algo.

No pudo ser, a pesar de perder la señal del alquiler del local.

 

(Tengo que aclarar que, aunque los hechos fueron reales, los personajes implicados son un añadido personal. En las fechas en que se escribió el presente artículo, el entrañable Chiquito estaba en plenitud de su carrera. Un humorista encantador que murió hace un par de años, pero su legado está presente en Internet para disfrute de todo el que quiera conocerlo y en la memoria de todos los que disfrutamos de sus ocurrencias. Así mismo, la tía Antonia y el tío Félix también vivían, dos familiares igualmente entrañables).

INMEMORIAN