LA INOCENCIA PERDIDA

18.06.2014 19:32

Voy a exponer una serie de artículos que tenía en el anterior sitio, que fueron publicados en una revista comarcal de Coria, en los que revivo las vivencias infantiles y el modo de vida de la época, llena de recuerdos inolvidables y que tuvieron un éxito sin precedentes en la publicación. Aventuras y desventuras de primera mano, y otras, algo exageradas o que pudieron ser imaginadas con cierta base real.

Espero que os guste.

 

LA INOCENCIA PERDIDA  1

 

Tiempos... Niñez disfrutada en el amplio contexto de vivir una edad sin frenos artificiales más allá de una crianza en la austeridad propia de una época y un sistema, que invitaba a saborear cada minuto de la misma, en un entorno idílico, de escasas exigencias materiales para una saludable infancia con sus pros y contras.

Catarros curados en la calle, a base de verdes velas fluyentes de la nariz y el estómago por destino. (Automedicación y aprovechamiento de los recursos).

Complicados crucigramas craneales visibles con las típicas peladas al dos o más, que no eran moda, sino que rentabilizaban la inversión y dejaban al descubierto las secuelas de las pedradas en combate, y alguna que otra caída a favor del contrapeso con impacto incluído. Manchas de Yodo, y si el caso lo requería, algún punto de sutura a base de tortas y a correr.

Los basureros de cada barrio, almacenes de abastecimiento de todo lo aprovechable para la confección de los rudimentarios juguetes y artilugios que, por supuesto, desarrollaban la imaginación hasta términos insospechados con los escasos medios disponibles, que en muchos casos rozaban la genialidad, quizá desperdiciada a desaprovechada en buena parte por la urgencia de entrar en el mercado laboral a edad temprana y contribuir al sostenimiento de la casa.

Las barreras Del Cubo, Los Molinos, las chumberas de la Catedral y, por supuesto, La Isla y el río. Un paraje éste último, que colmaba las aspiraciones del más exigente en materia de ocio y disfrute del tiempo libre, o robado a la escuela u ocupaciones propias de la edad.

LA ISLA, QUE HOY NO SE PARECE EN NADA, LAS BARRERAS DEL CUBO, LOS MOLINOS Y LA CATEDRAL.

Balones de plástico conseguidos a base de empachos de chocolate, juntando la pandilla las envueltas y corriendo a cambiarlas a casa de Pedro, el de la Gloria, discutiendo sobre las preferencias de cada uno sobre el equipo que aparecía grabado en el exterior del balón. 

Salida apresurada por la puerta Del Carmen, con prisas por hacerle el rodaje en La Isla, a riesgo de subir con el correspondiente mosqueo y dando patadas a una especie de higo paso, por culpa de una tamuja maldita que, a traición, en un desvío involuntario, lo pinchó, dando al traste con varias semanas a base de pan y chocolate para merendar, y vuelta a empezar.

Partidos interminables entre cuatro postes de gorrones(cantos rodados), y algún aterrizaje sobre las inoportunas boñigas, testigos y restos de la pasada feria de ganados, que fertilizaban la amplia zona comprendida entre La Casa de la Barca y Montesol.

Griterío de la chiquillería, repartida por las zonas aptas para la práctica del fútbol, con encuentros apalabrados por barrios o arreglo en el acto a base de elegir a los presentes por orden de la supuesta valía de cada uno.

Partidos que en ocasiones se truncaban o terminaban antes de lo previsto, por la súbita aparición en la atalaya del Cubo de la madre de alguno de los implicados (la imponente silueta de La Nati era habitual) que, con un prodigio de garganta, helaba la sangre del aludido en cada ocasión, al escuchar su nombre en un llamamiento interminable, acompañado de una mano blandiéndose de lado a lado, que hacía presagiar una entrada en casa poco agradable.

¡ Fulano..! tu madre, que subas parriba.

¡Qué coño querrá ahora..! si yo creo que no he hecho ná...

Sonrisas maliciosas de buena parte, intuyendo la movida que le esperaba.

¡Me voy, que fulano se ponga por mi..! Dos azotes en la nalga a modo de fusta para animar al caballo en la precipitada subida, pensando por el camino en los posibles motivos de tan urgente requerimiento, y repasando de paso el archivo de las travesuras protagonizadas últimamente, enumerando las que faltaban por pagar, con el fin de preparar la estrategia defensiva, que rara vez daba resultado.

Baños reconfortantes al término de la contienda, con el fin de eliminar las huellas y sudor resultantes, en una ribera maltratada por las máquinas de Tierras y Hormigones, que dejaron un buen número de trampas mortales, de nefastos recuerdos para más de una familia, y sustos para la mayoría de usuarios tiernos en natación.

Pandillas de mujeres golpeando la ropa en sus lavaderos en alegre armonía; cánticos, risas, bromas y alguna que otra disputa derivada de la tarea en cuestión, o vaya usté a saber. Vistosos mosaicos multicolores a base de ropa soleándose, con soporte en las generosas tamujas, que ofrecían unos tendederos incomparables en días de sol hasta sus horas bajas, que marcaban el final de la agotadora jornada con la lenta subida por las calzadas. Baños repletos a la cabeza y cubos en las manos, que invitaban a periódicos descansos en puntos clave de la ascensión.

 

LAS BARRERAS DEL CUBO, EL PUENTE ROMANO EN SECO POR DESVÍO EN EL TERREMOTO DE LISBOA, LA CALZADA DE SUBIDA HASTA EL CARMEN, Y PARTE DE LA ISLA.

Pacientes pescadores que, caña en mano, llenaban sus horas y días de ocio en las orillas del río, casi virgen en esas fechas, esperando aportar a la mesa los sabrosos barbos que, tras las rutinarias sopas, solucionaban una saludable cena.

Cuando los recuerdos me embargan, deambulo sin rumbo fijo por los sitios que marcaron estos años inolvidables, añorando una forma de vida que en nada se parece a la actual, y que en ningún caso cambiaría por la que viven nuestros hijos con todos los medios y comodidades que les brinda esta sociedad y el ambiente que les rodea.

Si el progreso o evolución significa eliminar cuatro basureros localizados en puntos estratégicos del perímetro de la ciudad, por uno general visible por buena parte del mismo, a pesar del sofisticado sistema de limpieza y recogida de basuras existente, evidencia que algo no funciona.

Resulta deprimente el cambio estético apreciable en la parte sur del promontorio y de la ciudad en su conjunto. Abandono total en el mantenimiento de las calzadas de acceso al núcleo. Pérdida progresiva de las mismas en favor de la vegetación incontrolada y la basura acumulada, producto de los desmadres juveniles en los cursos acelerados de futuros alcohólicos, a base de aulas al aire libre en torno al botellón, casete y alguna sustancia psicoactiva añadida, que conforman el cóctel ideal causante de la pérdida de unos principios básicos de repeto al paisaje.

Vergüenza ajena me embarga cuando alguien de fuera de la ciudad se asoma a cualquiera de los miradores catedralicios, resumiendo el vistazo con un: Cómo tienen esto, con la vista tan espléndida que hay.

Los votos de los responsables de esa nefasta visión, son importantes para cualquier aspirante a mandatario local, pero algo de educación al respecto, vigilancia y alguna sanción administrativa después de adecuar la zona en cuestión a base de contenedores y llamamientos escritos de respeto a las mismas, pueden remediar notablemente el desastre ecológico que las amenaza.

Qué decir del río. Un paseo por la orilla, provoca náuseas acorde con la repugnante visión que nos ofrece un paraje que bien prodría denominarse Picadero Municipal en el amplio sentido del calificativo. Si acaso se te pasa por la cabeza la idea de sentarte, procura mirar dónde lo haces, ya que lo mismo te clavas una jeringuilla, que un vidrio o te rajas con una lata. Puedes levantarte con el colgajo de algún preservativo de uso reciente, cargado de energía producto de la faena, o el papel usado para limpieza de las partes contendientes.

Todo tipo de basuras, artilugios varios y hasta electrodomésticos reciben las aguas del río, deliciosa y limpia en los tiempos recordados, y actualmente foco de infecciones diversas y posible causa de contaminación y degeneración de las especies que la habitan.

La cadena alimenticia pasa por los incautos pescadores, ignorantes del riesgo que supone consumir los productos de ese degradado ecosistema y las consecuencias gastrointestinales, como mal menor, derivadas de esta práctica tan natural desde el principio de los tiempos.

Para terminar esta intromisión en temas concernientes a personas que posiblemente vivan, aunque de forma simbólica, de la supuesta conservación del medio ambiente, con la alusión añadida si corresponde a una hipotética concejalía responsable de estos menesteres, recomendaría a los implicados un día de reflexión tras las elecciones, con ejercicios espirituales de meditación por los espacios que hemos recorrido.

(De algo sirvió, se remediaron varios de los puntos señalados y algunos asociados. El río no tiene remedio, ni hay quien lo busque. Recuerdos...).