LA INOCENCIA PERDIDA 3

20.06.2014 19:02

Aciaga noche de un día cualquiera de vacaciones veraniegas. Los mosquitos han montado fiesta satánica en tu habitación y tú has sido la víctima propiciatoria. Festival del noble arte del rejoneo. La cama se queda pequeña para eludir semejante jauría sedienta de sangre. Has contado todas las horas que cantó el Sereno en sus periódicas rondas: ¡ Las tantas de la noche y sereeeno...!

Y tan sereno...

Tienes la cama hecha una una mierda de sudor y el vaso del agua está como un caldo, así que escaleras abajo a la tinaja, que suele estar fresca.

Aprovechas para relajar la vejiga, subes las escaleras y bajas la persiana, que ya está clareando y dentro de un rato el sol te da justo en la jeta.

Último esfuerzo por dormir un poco, pero ya están las putas golondrinas en los cordones de la luz, a descojonarse de tu careto en cuanto te asomes al balcón para espantarlas, algo que precisamente hoy no te apetece, total, para qué, si tardas más en acostarte que ellas en posarse.

Cabreo monumental y sus correspondientes juramentos contra los mosquitos, y contra el coro que conforman las golondrinas, las campanas de las monjas, que tocan diana, el reloj del Ayuntamiento y el plasta de la Catedral, y contra la churrera, que debe ser domingo y te trae desayuno extraordinario. Y para rematar la faena, las campanas de la Catedral tocan a misa de alba. 

Una noche para olvidar.

Después viene la señora Pura Picardía, que te trae la leche para el chocolate, después de pasarla por el grifo,y no para refrescarla.

Pareces un autómata mientras te pones los dos pingos y las zapatillas con la esperanza de que el día no se parezca en nada.

Bajas las escaleras, entras en el cuarto donde espera el palanganero, te cepillas los dientes y repasas el tupé, que se niega a obedecer al peine y tienes una pinta lamentable.

Saludas a madre, que también ha madrugado y te pone el tazón y los churros que te tocan, siendo lo mejor que te ha pasado hasta ahora.

Madre te pregunta por los planes del día y te recuerda que tienes que ir a misa, condicionándote la paga a la atención que pongas a las palabras del señor Cura: el Evangelio del día, contenido del sermón o bronca colectiva y, por supuesto, el conjunto roperil lucido por el pastor durante la ceremonia. (Valiente bruja...).

Ella no sabe, aunque se lo huele, que al terminar la misa estás, cual paparachi a la puerta de Santiago, entrevistando al personal hasta conseguir la información deseada. Aunque a veces había preguntas trampa que te dejaban con el culo al aire y sin una puta perra por la tarde. Por lo que hoy decides recabar la información personalmente, por si acaso...

Por lo pronto, y hasta esa hora, decides ir a tirar los pantalones a pulso a las barreras del Cubo, y tienes tiempo de dar un repaso al basurero, por si acaso hay algún apaño que sirva para algo. Vuelta a casa y, sin tiempo para reaccionar, madre te despelota y te mete un buen meneo de jabón y estropajo dentro del baño ropero que ya tenía preparado para cuando asomases las narices en casa. Muda y demás prendas limpias y nuevo repaso al tupé, manotazos de colonia y...¡ Mira qué guapo va mi niño...!

A servir a Dios con todos los honores y un resentimiento de cojones contra madre por el chantaje tan descarado al que te somete domingo tras domingo y fiestas de guardar.

Eternos tres cuartos de hora, prorrogables si Don Eugenio, que en paz descanse, había concelebrado la misa de alba y le había gustado el vinillo de la competencia catedralicia, algo natural por la diferencia de presupuesto con Santiago; el sermón promete.

(La vieja parroquia de Santiago en remodelación).

Comienzo del oficio con sintomatología anunciante de lo que viene en la Homilía: desparrame de lindezas pateando el guión preconcebido. Bulla severa contra madres e hijas por impúdicas, contra los libertinos que les alegran la vida, contra los que no sacan la mano del bolsillo cuando les presentan la bandeja, y contra la manada de futuros cabestros que no paran en el Coro o Gallinero.

(Muy concurrido el Altar, por alguna celebración especial).

Ya tiene la calva como un tomate y está en trance inquisitorial. Las pruebas salvadoras de la paga ya las tenemos. Ahora es cuestión de abrirse con prudencia hasta la puerta sin que se percate, porque siempre acaba rebotándose con los que huyen de la quema, que a estas alturas y con las orejas calientes, varios son los que toman la sombra en los portales del Ayuntamiento.

Va apareciendo el resto de la pandilla y, a falta de planes, la pregunta obligada de si alguien tiene alguna perra. Uno que había visitado a la abuela presenta los dos duros que obtuvo como premio, salvando la mañana con la obligada visita a la Marciana o la Pintora, haciendo acopio de chucherías que, tras visualizar la cartelera, serán consumidas en la actual ubicación del campamento hasta la hora de comer.

Tras quedar para la tarde, cada uno toma camino de su casa. Pasas la portona de San Pedro y das la intermitencia a la izquierda entrando en la calle Del Cuerno.

El sol calienta lo suyo y la noche no presagia nada bueno.

En el recorrido hasta casa, comienza el test sobre los menús de cada casa percibiendo los aromas que escapan por las abiertas puertas del vecindario: la señora Inocencia, cocido de garbanzos con quico y manojo de hierbabuena. La señora Inés, habichuelos verdes con patatas. La señora Conrada, huele a gazpacho de huevo y poleo. Hay casas que no huelen por que ya han comido. La señora Pura, verduras de la huerta con buen asiento de carne. También huele a natillas y la boca se hace agua. Clementito se va a poner hasta el culo.

Llegas a casa con la esperanza de poder disfrutar de algo especial, pero nada, cocido de garbanzos, que ayer sobró mucho y no se puede tirar nada, por lo que el domingo está resultando tan desesperante como la noche, sólo falta que la alcahueta de turno haya informado a madre de alguna faena reciente y, como mal menor, te embargue la paga, con el sacrificio que ha supuesto.

Interrogatorio de rigor con respuestas convincentes y, si no hay algún contratiempo, tienes la paga, el ambiente está tranquilo.

Sobremesa con la obligada siesta atiborrado de garbanzos con sus correspondientes presas, que hacía imposible el sueño y acentuaba el ya de por sí insufrible sopor veraniego. Exceso de energía que había que gastar de alguna forma, y nada mejor que putear al hermano mayor hasta acabar a mamporros.

Madre tiene sueño y así no hay forma, por lo que, presta y sigilosa, sube las escaleras, aparta la cortina y, con la rapidez que le otorga la experiencia, desenfunda el pie de la alpargata y reparte un generoso postre del que, el culpable del estropicio, recibe tres cuartos y mitad. La temperatura sube notablemente y el personal duerme plácidamente. (No sabemos si peligra la paga).

La abuela Marcelina que, a pesar de convivir con la tía Visi, inmersa en sus recuerdos llena las horas más calurosas del día en la penumbra del portal de su santuario familiar, en su inseparable silla de eneas, palos torneados y pata corta.

Mujer orgullosa, punto altanera y bastante mala leche. Noble moño merecedor de mejor peineta que, por genealogía de su ilustre apellido quizá correspondiera, entre susurrros de sus varios rosarios diarios, diálogos con el difunto abuelo y algún ronquido cuando el sueño le podía, celosa defensora de su matriarcado monta guardia hasta que, en su ronda diaria sonaba el despertador: ¡ Hay heladooo...! La señora Remedios, incansable, dicharachera y amiga de la abuela, que ya rebusca en la faltriquera y allí, sobre el mandil, aparece de todo: mil botones multicolores, el alfiletero, los ovillos, el dedal, las tijeras, el rosario, el santoral abreviado, y otros mil zarrios allí acomodados desde hacía lustros.

Aparece alguna moneda y llama a los infantes a participar del convite de a dos reales, y aplacar con ello los efectos de los alpargatazos recibidos hacía poco rato.

Saboreando el rico helado sentados en la escalera, le preguntas a la abuela que con quién hablaba un rato antes si estaba sola.

Con Dios y con tu abuelo...

Si el abuelo está muerto...

Sí hijo, pero yo hablo con él todos los días y le riño, porque se murió por no hacerle caso a Don Joaquinino.

¿Y por qué se murió?

Porque, como a casi todos los artistas(era herrero), le gustaba mucho el vino y el tabaco, y a mí me quería mucho, y de tanto quererme, se murió.

Pero abuela..., nadie se muere por querer mucho...

Sí hijo, ya te lo contaré cuando seas mayor.

Pues nada, que cuando Churruca ya fumaba en casa, se lo contó.

Resulta que, además de gustarle el vino y el tabaco, el puñetero era bravo de cojones con la abuela, y, después de que Don Joaquinino le quitó las tres cosas que le podían hacer la puñeta, se quedó pallá encima de la abuela, aunque ella no quería. 

Menudo era...

Siestas amenizadas puntual y sistemáticamente por un agradable, aunque limitado repertorio de piano en manos de José Paniagua con su: Soy el novio de la muerte, Margarita se llama mi amor y alguna más por el estilo, que formaban parte de una sintonía de sonidos, olores y sabores de esa especial parcela de intramuros, grabados en la memoria como un todo, tuyo, entrañable e inolvidable.

Siestas que daban paso a los corrillos vecinales de comadres desempeñando las más diversas tareas de confección y reparación de prendas rotas o desgastadas por el uso en el quita y pon del limitado repertorio roperil disponible en el armario.

Animadas tertulias en las que se trataban los más diversos temas de actualidad: enamoramientos de última hora, cuernos consagrados y noveles, la caló que hacía, que si alguna se había metido pal cuerpo un atao de patatera frita y un gazpacho para comer y le estaba repitiendo; otra que dice que la cama de su niño suena mucho de noche y confiesa que está preocupada, porque entodavía es muy chico para liarse en esas faenas y no le van a quedar más que orejas y, en fin... todo lo que no daba Radio Nacional.

Tertulias que a menudo sufrían bajas temporales cuando, después de repasar el noticiero, se quedaban sin tema de interés y terminaban por sacarle el traje a algún/a familiar directo de alguna de las presentes que, después ciertos dichos o frases poco bien sonantes se rebota y recoge la silla y la cesta o cenacho de la costura, y el rebote le hace coser a solas con la radio una semana, o más. Pero el vicio es grande y la lengua débil y, como que ella iba a buscar otro corro y una la convenció para que no fuese más lejos, asienta la silla como puede en la empedrada calle y el resto la pone al día de los temas de interés tratados durante su excedencia voluntaria de la vida social.

Imágenes típicas de la época en cualquier barrio, camino del olvido o el baúl de los recuerdos, más por culpa de esta tecnología que, aunque nos ayuda en ciertos ámbitos, está demoliendo en cuatro días las costumbres y ritos ancestrales de consolidación y mantenimiento de las relaciones vecinales y comunitarias, abocándonos a un sistema de vida donde la soledad, el egoísmo, la presunción, el mirarse el ombligo para ignorar las desgracias o calamidades al otro lado del tabique o frontera nacional, forma el caldo de cultivo ideal para destrozar cerebros, corazones, familias y vecindarios sin una visión de remedio por lado alguno.

La modernidad.

Me iba a ir al cine, porque al final sí hubo paga, pero Angelito me va a arañar si me paso, así que ya iremos otro día.