LA INOCENCIA PERDIDA 2

19.06.2014 20:04

El reponsable de esta infame y punto herética publicación (para algunos nostálgicos de los tiempos recordados, no precisamente por la inocencia de sus relaciones con los poderes fácticos representativos de la época), me permite seguir plasmando en sus páginas otros recuerdos bastante más inocentes y trascendentes, mientras dure la inspiración, y procurando molestar lo imprescindible.

Recuerdo que eran tiempos en los que jugar era sencillamente eso, jugar..., dentro de un variado repertorio de juegos: ancestrales, importados y alguno adaptado a los tiempos, con carácter de estacionales, según la época del año, y que seguían una cronología de cambios de práctica al son de los solsticios y los equinocios.

Juegos que tenían el fin concreto de estimular los sentidos naturales, de ir evolucionando tanto física como intelectualmente dentro de los cánones vigentes, y dentro del contexto lógico de armonización personal y preparación para afrontar un futuro nada claro donde, es bastante obvio, si no eres el más listo, el más trabajador, el más rápido, el más fuerte, el más guapo, ni sabes pegarle a la pelota ni sabes cantar, si tienes vergüenza para contar tus cochinadas carnales y demás miserias personales en los platós de televisión, si eres honrado por naturaleza y te sobran escrúpulos y encima no esperas herencias, tienes un kilo de papeletas para pasarlas ocasionalmente putas a lo largo de tu vida. 

Juegos en pandilla, bajo el liderazgo del miembro que evidenciase un punto más de mala leche y dotes de mando para hacer frente a la posible incursión de sujetos rivales o poco bienvenidos a los territorios bajo su jurisdicción, coordinando la defensa de su bastión, posiblemente ubicado en la barreras Del Cubo, Los Molinos, las chumberas de la Catedral, el Moral de Mendo y sus huertos, el de Ñiqui, los de Nato y otros asentamientos viables en torno a la ciudad, mediante la última y pionera tecnología de celulares móviles en forma de rollo de cuerda según los metros de cobertura solicitados y su par de latas de conserva en los extremos que, quizá por autosugestión o por yo qué sé, el covencimiento sobre su funcionamiento era total.

Probando, probando, ¿se me escucha...? ¡Fulano...! échate un poco más pabajo, que hace un pico en ése olivo, que hace interferencias...

Total, que cuando la cosa se ponía fea había que soltarlos y recurrir al sistema tradicional de silbidos y griterío de órdenes sobre la marcha.

Cruentas batallas emulando la defensa ancestral del promontorio coriano, a base de arcos y flechas con chapa de botellas como punta, tirachinas, hondas, chumberazos y gorronazos(cantos rodados) lanzados con maestría, buscando carne.

Ayes lastimeros de los heridos: uno se va pacasa cojeando y lleva sangre en la jeta. Otro se queja de las costillas y se retira renqueante. Otro se lamenta de que otro cabrón casi le da y se va a enterar. El resto duda y al final huye entre el rosario de insultos y amenazas de su líder por abandonar la lucha.

El balance es positivo: a Fulano le falta un piño por un chinatazo en la boca. A otro le han sacudío en una oreja, y un pimiento morrón sí que parece, pero no es grave. El tesoro está a salvo.(Lata de cristales de lámpara de araña procedentes del basurero, simulando diamantes de los buenos). Y encima tenemos un prisionero que cayó en una trampa.(Agujero excavado en punto estratégico, usado como letrina colectiva temporamente y camuflado concienzudamente como defensa contra extraños y sujetos de mal vivir).

Lo traen a base de sopapos y acaba atado a un olivo. Escenario comanche: hogueras, cantos y bailes en torno al desgraciado que llora implorando clemencia. ¡Huele mal...! ¿Se habrá cagao..? 

No, es que trae los pies llenos de mierda de la trampa.

Ración de collejas, de azotes de vara de olivo, de manojos de hortigas en los cuartos traseros y petrina adentro, con súbita subida de la temperatura en la entrepierna, hasta que aparece Yon Vaine disfrazado de su madre, que se ha enterado y viene a rescatarlo, provocando la estampida y se acaba la fiesta.

Pero, según los primeros síntomas, más le valía haberse quedado en el olivo porque, entre la peste que le acompañaba en el ambiente, el aperitivo de tirones de pelo, cogototes y el: Tira palante, que verás a tu padre, se intuía una noche harto tórrida y calentita.

Tensos partidos de fútbol en la Isla o en espacios que lo permitieran entre equipos o bandas rivales previamente acordados, con finales algo violentos por cantarles al término aquello de: ¡ Hemos ganao, la copa de cag..., y los han perdío se la han comío...! y al final se rebotaron y echaron mano de los tirachinas y se armó el círio padre, provocando más bajas y lesiones que la contienda futbolera. La ausencia de casco provocaba más de un dolor de cabeza.

Gonzalito Batuecas, el único medio pijotero que se integraba y participaba de las tesis, preceptos y filosofía juegológica de la calle Del Cuerno y aledaños, acertó tres de tres en una tarde en el tiesto de Churruca y, aunque es fácil que al día siguiente las dejara de sobras, el servicio de urgencias de La Nati echaba humo y, al final, por mochuelo, se ganó el complemento de la pastilla de Okal en formato de suela de alpargata. Tres cambios de ropa en una tarde era demasiado para el armario y no había más, así que, pijama y quieto en casa.

Y es que la cosa tuvo su aquel: Motivos irrecordables mantenían a Churruca vigilante en las inmediaciones del domicilio de los Batueca, a la espera de que Gonzalín asomase las narices para zurrarle la badana, pero intuye el peligro y no da señales de vida. Una de las persianas balconeras se ha movido, y es porque también controla la posición del cercador, que está justo enfrente de la puerta del jardín. De forma inesperada abre la puerta y suelta una peladilla, cerrando con la misma rapidez. ¡ Bingo ! La primera en la frente y Churruca pacasa hecho un nazareno y a dar explicaciones a madre que, aunque acostumbrada por lo habitual de esos percances, se rebotó de cojones, más que nada por la ropa.

 

(La entonces casa de los Batueca al final a la derecha)

Vuelta a la calle con ansias de venganza y un brochazo de Yodo en el testuz y a vigilar con todos los sentido, y por el rabillo la retaguardia.

La persiana se mueve otra vez y piensa que esta vez no le va a engañar, pero no le da tiempo a pensar más, porque empieza a ver el cosmos en tres dimensiones con el telescopio que le han empotrado en la parte posterior del contrapeso. ¡Qué cabrón..! no era él, era La Chata la que estaba en el balcón, seguía detrás de la puerta y le había soltado otro gorronazo a traición.

La prematura vuelta a casa tuvo como consecuencias una bulla severa y algún tirón de pelos al tiempo que hace sitio con las tijeras para aplicar otro brochazo amarillo. 

(La calle Del Cuerno y la casa de los Churruca a la izquierda pasando la esquina. La de los Batueca en la calle Alonso VIII, también a la izquierda).

Como la cabeza a estas alturas ya no estaba muy en su sitio, no recuerdo tercera estratergia empleada por aquellos malditos, pero al día siguiente había tres brochazos y la Nati estaba hecha una fiera, porque al rato tuvo que bajar Mondongo abajo con el baño a la cabeza y espantando las moscas que acudían a la sangre de la ropa de su Churruquina a meterle un buen meneo en el río.

Varios mantuvieron en jaque y al borde del ataque de nervios a los propietarios de algunas ostentosas puertas del barrio, después de afanarle a padre un carrete de hilo de pescar y, amparados en la semipenumbra reinante a partir de la puesta del sol, se lo atabas a los no menos ostentosos llamadores y camuflados en la esquina más cercana o parapetos naturales, iniciabas la faena que, en ciertos casos y por lo reiterado de las llamadas, podían resultar traumáticos, porque los llamadores no se mueven solos, y si nadie los movía... coño, el caso era mosqueante.

Tras retirar el cuerpo del delito, era necesario reunirse no muy lejos del lugar de los hechos, con el fin de supervisar la actuación del E. A. O. (Equipo de Asuntos Oscuros), que ya sabías venía de camino, pues al señor le entró la zurrapa y llamó por teléfono a la inspección de Policía.

Equipo altamente cualificado en la materia, que podía estar formado por el Jefe, señor Curro; el señor Florencio, El Gallo; El señor Emilio, Sanea; El señor Juan, El Sereno; el señor Martín, Nuestro  Señor; El señor Emiliano, Churruca Padre y, creo que no había más.

Tras largas indagaciones y muchos: Sí señor, tiene usted toda la razón, no se preocupe, que el agente X se va a quedar vigilando por la zona, el resto de equipo vuelve para su sede y de camino observan un corro de traviesos angelitos jugando al Verdugo y meneando la cabeza, se marchan casi convencidos de que no tienen nada que ver en el caso. 

(La plaza de España con el viejo Ayuntamiento, sede del Equipo de Asuntos Oscuros).

Información privilegiada a la hora de comer por parte de padre, que se encontró en el ajo, te permite conocer el final de la historieta.

El Jefe, señor Curro, tras informar verbalmente el señor Alcalde, se ve obligado redactar un informe oficial sobre el caso. Andaluz de buena pasta, algo jodido por tener que escribir sobre semejante tontuna y, con la sorna que se le sube cuando le joden, redacta el siguiente informe:

... Reclamados los servicios del Equipo de Asuntos Oscuros por el vecino Don Fulano de Tal y Tal, me personé con los agentes X y X en su domicilio donde, según nos cuenta, son muchas las noches que llaman a su puerta y cuando sale no hay nadie. Que es un sin vivir y, como su señora anda de los nervios, decide llamar al equipo.

Inspeccionado el lugar y aledaños y, sin ninguna prueba obtenida, el Jefe del Equipo concluye que, si no es cosa de los pájaros del Verdugo, cosa que dudo, porque estaba el de Churruca, que no es malo, es que, o la Santa Compaña se ha despistado en los Montes Gallegos y ha dao pacá, o Viriato anda buscando la espada que perdió cuando estuvo por el barrio, o Las Meigas se han venido con La Compaña, y entonces ya, haylas aquí también.

Al final, el Alcalde decide meter el informe en la carpeta de Expediente X, con las revistas guarras.

No había más sitio.